martes, 6 de enero de 2015

Bitácora del olvido (V)

Comienzo nuevamente la cuenta.
Día 47

Comencé  la redacción de esta bitácora de su olvido dos años atrás, si fuera constante y fuerte en mis decisiones acerca de él, seguro ya no sabría que día o mes sería desde que lo dejé rezagado de mi corazón, pero hoy tocó a mi puerta nuevamente. 

Supe que se casaría hace más de tres meses y entendí que tenía que alejarme nuevamente de él. Dejé de recordar bajo las sábanas de mi cama sus manos, su aroma, comencé a vivir para mi y conocer gente nueva, toqué fondo hace 47 días cuando una vez soñé con que podríamos ser como aquella imagen. Nunca volveré a ser su ella. Llamó ese día clamando por mi amor, entregándome su amor, volví a sentirme niña, vulnerable, me habló de lo nuestro, y su voz sonaba a mentira, entonces supe que él nunca cambiaría. Hoy son 47 días desde que decidí olvidarlo, desprenderlo de mi piel, abandonar en un rincón sus besos.

Hoy es un buen día para alejarme por fin de él, porque aunque haya llegado a mis oídos la noticia de que no se casó, de que me  lleva para siempre en su piel entintada, ya no quiero tener su huella en mi, ya no quiero sus besos envenenados y sus caricias de cristal roto. 

No lo quiero más. 

lunes, 15 de diciembre de 2014

El arte de morir.

Hace frío, tengo algo en las manos que no es mío, es una especie de líquido viscoso color bermellón, el aire trae consigo un aroma parecido a metal oxidado, algo que cala en la nariz pero extrañamente al gusto agrada. 
Estoy en una casa que rentamos hace poco más de un mes, de paredes blancas y carpintería color caoba, un decorado minimalista pero con imitaciones Andy Warhol y Roy Lichtenstein. 
Me pregunto porqué motivo dejé que ella decorara con arte pop nuestras paredes. 

Cuando la conocí supe que sería una especie de aire fresco en mi vida. Con su filosofía pop y su tesis en psicología del arte supe que era un alma que necesitaba liberar sus demonios por medio del arte. La literatura rusa era su debilidad, lo supe en la tercera cita cuando de la nada apareció un sujeto con un Chéjov en mano y entonces vi en sus ojos un brillo que no había visto hasta entonces, rompí el silencio de su contemplación y pregunté si todo estaba bien, sonrió como sólo ella podía, con su hilo de labios y pómulos pronunciados, abrió los labios y dijo: Claro, sólo que no es muy común encontrar a gente que como yo tenga una predilección por los autores rusos, sobre todo por Chéjov, que no es tan conocido como Dostoyevski. Pero, olvidemos eso, no quiero sonar una loca empollona de la literatura. Jamás olvidaré aquella pequeña conversación, el uso de sus palabras, la forma en que decidió dejar de hablar de literatura para que yo siguiera hablando de mi pasión. 

Salimos un par de veces más y entonces supe que la quería para mi, que no quería que ella se alejara de mi ni un día más, que no quería que saliera con otro hombre que no fuera yo, y entonces la besé, le pregunté si ella quería estar conmigo, pasar de ser sólo unos amigos más y compartir más en esta relación, me abrazó y me dijo que sí, que ella deseaba ser parte de mi vida y que yo fuera parte de la suya. Diez meses después nos encontrábamos cenando en una pequeña cafetería en la calle Donato Guerra, estaba terminando su café latte cuando le dije que si me ayudaba a conseguir una casa más grande, quería dejar el departamento compartido y comenzar una vida aparte, con un espacio en donde cupiera mi taller, así que le pregunté si me ayudaría a conseguir una casa para rentar, pero con sus gustos, porque para ese entonces yo sabia que ella sería la chica con la que quería compartir mi vida, mi vida entera, así que si todo seguía según mis planes dentro de 5 meses le propondría matrimonio aún a sabiendas de que ella no creía en el, pero sentía que si era yo quien se lo propondría no se negaría, ella me amaba como yo a ella, nada podría detener esto que sentíamos, que vivíamos. 


Un jueves por la tarde llegamos a una privada, habíamos visto el anunció en Internet y las fotografías de la casa llenaban la pupila de ella, así que decidimos concordar una cita con el arrendador y fue así que llegamos hasta esa casa de paredes color blanco. 
Fue como un flechazo para ella, supo que ese espacio era lo que yo necesitaba, así que sin duda dije "la rentamos", usé un nosotros y al parecer eso desconcertó al amor de mi vida, me vio un poco confundida, así que tomé su mano y le dije que le agradecía, que gracias a ella había encontrado mi nuevo hogar, lo menos que quería en ese momento era asustarla con un compromiso tal, por extraño que parezca aquellas palabras lograron conciliar su estupefacción y sólo dijo "por nada corazón". 


Basto un par de semanas para que la casa estuviera impecable, con decoraciones en arte pop y muebles minimalistas, como ella dispuso, como le pedí que lo hiciera, "imagina que es tu espacio, así que decóralo a tu gusto", y fue así que Andy Warhol llegó a mis paredes. 

Y entonces sucedió lo jamás debió haber sucedido. 
Una tarde de invierno, lluvia y frío, ella entró por la puerta,  botó la chamarra en el sofá, como era ya su costumbre, tal vez eso es lo que más desesperaba de ella, que dejara sus chamarras por cualquier lado del sofá en lugar de dejarla en el perchero. Corrió hacia mi taller y me abrazó con tal entusiasmo y dolor que no supe como reaccionar, por primera vez en un año de relación me asuste, tuve miedo de perdela sin saber que eso pasaría, la alejé de mis brazos y  le pregunté que ocurría, me dijo "nada, vamos a la cocina por un buen café, de ese espresso caramel que tanto te gusta". Me tomó de la mano y la seguí, no hubo tiempo de dejar el formón en el taller.

Llegamos a la cocina y sacó de la alacena aquellas cápsulas, dispuso todo en silencio y la maquina comenzó a trabajar. Estaba de espalda a mi, viendo por la ventana, así que la giré para preguntarle nuevamente de frente que es lo que ocurría, aún con el formón en mano. 
"Me iré en Enero", no pudo decir más porque de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas pérfidas. Sólo pude decir "¿qué?", secó las lágrimas y me dijo "me aceptaron para el master en la universidad de Lyon, me iré en Enero a Francia", se abalanzó a mi y me abrazó, le pregunté que en que momento ocurrió todo eso, sin dejar de abrazarme me dijo al oído que meses atrás había comenzado los trámites, era una especie de juego, que no pensaba que la aceptarían, pero que su mejor amigo le había dicho que lo intentara, y así fue, y que un par de semanas atrás le habían dicho que lo había logrado, pero que no sabía que hacer. La alejé de mi, de golpe ella estaba a un metro de distancia de mi, la vi y no supe que sentir, si enfado, alegría, rabia o tristeza, no quería que se fuera, la quería para mi, la quería siempre para mi, le dije que no podría vivir sin ella, sólo dijo "pero cariño, es una oportunidad que siempre he deseado, por favor, amor, necesito de tu apoyo, necesito saber que eres feliz por mi, porque no importa la distancia, yo te quiero a ti, y eso no cambiará, el tiempo pasará volando."

Me negaba a escuchar aquel discurso gastado, la cólera comenzaba a subir por mi estómago, la sentía nacer desde mis entrañas, subir y encender el miedo más profundo, el miedo de perderla, de que en Lyon, lejos de mi encontrara otros brazos, otro amante que no la comprendería como yo, empuñé con fuerza el formón, y entonces dijo lo que nunca debió hacer salido de su boca: "Amor, si tú y yo somos el uno para el otro, si los nuestro es real, a mi regreso nos volveremos a encontrar", no podía creer, me dejaba, no le daba ni siquiera la esperanza de vida a este amor innegable dentro de la distancia, simplemente se marcharía sin llevarme en la maleta, la odié, la odié y le grite "zorra, tú lo que quieres es ser una maldita zorra libertina lejos de mi, de casa, de lo nuestro", antes que ella pudiera emitir palabras nuevamente me abalancé a ella con el formón en la mano y sin dudarlo le clave en el corazón aquel metal helado y sucio, su mirada penetró en mis ojos, sus piernas cedieron al dolor y se desplomó ante mis pies, le pregunté "¿por qué no me amas?", y clavé nuevamente el formón, una y otra vez hasta que su cuerpo dio paso a ser  una obra de arte contemporánea  de uniformes manches rojas en un fondo turquesa. 

Llevé el cuerpo hasta el sofá, pensé que ella debería haber estado allí, saqué de su bolsa el libro en curso, era un Julia Navarro, lo puse sobre su regazo, como debía haber sido, como tenía que suceder desde su llegada, ella en el sofá leyendo mientras yo dejaba todo en orden el taller para acudir a su llegada, para poner la cafetera y disfrutar ambos de una velada cálida. 
Nada había pasado aquella noche, porque todo estaba como siempre, todo ya estaba dispuesto en aquella sala, ella era mía, ambos en el sofá rodeados de Roy Lichtenstein, ella tenía el libro y yo, como siempre, mi taza con café espresso caramel. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Bosquejo de una idea perdida.


Miro el cielo, el profundo de las nubes me llena los ojos, me recuerdan lo pequeño que somos, lo insulsos que somos para el universo y la egolatría de querer ser más que este.
De pequeña soñaba que eramos muñecos y que un gigante jugaba con nosotros, y desde entonces sigo creyendo que somos una especie de juego siniestro de la vida. Ese pensamiento suele recurrir a mi mente cada que la vida me da una bofetada, una patada. Cada que algo sale mal, veo a la vida a carcajada abierta, siento como se me apagan las ganas de seguir adelante. ¿Te ha ocurrido que no sabes si debes seguir  luchando o mejor dar las armas, sacar las manos en alto en pro de una rendición fulminante?
Eso me pasa a menudo, eso me pasa desde hace unos días.
Mis manos están en alto, pido la paz y la vida no me da tregua. ¿Cómo puedes seguir si la vida no te da la oportunidad de seguir en pie?
A veces siento que tanta desesperación no es normal, que tal vez tengo algún tipo de problema mental que no me permite seguir en lucha constante. Pero entonces me doy cuenta de que esto no puede ser del todo así, porque la vida si me esta dando golpes en la cara.
Pero a veces no me siento lo suficientemente fuerte para estar de pie, a veces no puedo más y doy la más hermosa lágrima de rendición.
¿Te he dicho que no sueño con alguien desde su partida? 
Me cuesta dejar ir las cosas, tal vez lo aprendí de casa. Desde pequeña veo cosas en los libreros, muchas de ellas sin utilidad alguna. A veces siento que gracias a este ejemplo le tomé mucho amor a las cosas, o más bien cierto temor al desprendimiento.
No puedo tan fácil dejar ir su imagen, me cuesta dejarlo ir, no sé porque. 
Tal vez por eso hoy vengo escribiendo mucho sin sentido, todo sin un orden lógico o gramatical.
¿Es posible dibujar sin un estilo? ¿es acaso normal estar sacando todo sin un sentido? 
En ocasiones me imagino una vida así, y entonces encuentro que los últimos años en mi vida han sido así, no tengo un orden real, brinco de una relación a otra, de una carrera a otra y una idea  a otra sin orden lógico, entonces me gusta pesar que tanto esto como lo demás podrá ser un imaginario de las cosas bien hechas, 
No entiendo como no puedo dejar de teclear, de no hacer las cosas así, al aventón diría mi madre, dejar esto que no tiene pies ni cabeza y de una vez por todas comenzar mi protocolo de investigación. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Cambiar lo del pasado.


Gracias sociedad, porque desde chiquita me acomplejaste con mis muslos llenos y caderas anchas. 
Gracias hombres, porque desde adolescente me dijeron que el uso de shorts o faldas 5 dedos arriba de mi rodilla era un insulto a su vista.
Gracias marcas de ropa, porque desde que soy niña me enseñaron que no podría encontrar nada que se ajustara a mis muslos, ya que necesitan ser delgados, como dicta el estereotipo actual de belleza.
Gracias, en fin, por que me acomplejaron con el uso de esas prendas, y por ende, me prohibí el uso de ellas, y entonces escondí mis piernas, se quedaron, así como otras partes íntimas del cuerpo, en la oscuridad de un pantalón que escondieran, al contrario de la pubis o los senos que son bellezas del cuerpo, aquellos "defectos" que la vida me había otorgado.
En tanto, también diré gracias a todo ello, porque entonces fuí débil y cedí ante todo eso, y lloré y sufrí mi propio reproche, me juzgué y me odié, y entonces gracias a todo ello hace dos años llegué a un límite, y en verdad gracias, porque a fuerza de enseñarme a odiar mi cuerpo, así también aprendí a amarlo, a aceptarlo, a entender que mis muslos y mis caderas no son un defecto, son la vida misma.
Y ahora, gracias a mis psicólogos, a mi modista, a mi familia, a un par de amigos, y en fin, gracias a mi misma, porque hoy día me doy la oportunidad de amarme, de dejar de prohibirme el uso de faldas o shorts, de enseñar, le pese a quién le pese, le insulte a quién le insulte, me juzguen o no, o lo odien, mis muslos llenos, porque bueno, al fin y al cabo esa soy yo.

El grafógrafo [Salvador Elizondo]

"Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo."

El grafógrafo.

Salvador Elizondo.