lunes, 31 de octubre de 2016

La cereza

Estaba allí, en medio de la tarta, una sencilla cereza, roja, en silencio, quieta como un amante esperando la embestida final. 
La veía y era como si aquel pequeño fruto rojo bañado en almíbar me invitara a comerla, me incitaba a tomarla por el pequeño rabo entintado ya por la conserva. 

El éxtasis invadía más y más mi cuerpo, era una sensación triste y alegre, punzante. Pero algo me detenía a ir por ella, a comer aquel manjar que seguramente fue el primer fruto prohibido, y no la manzana como nos cuenta la religión. Seguro fue este pequeño y suculento manjar el que nos arrojó del paraíso a esta mundo en decadencia. 

Estaba tan pequeño que no podía entender como es que acaparaba mi atención, el final estaba cerca, nadie más veía con tanta excitación aquel pequeño mundo, aquel sol de la tarta en donde giraban al rededor las demás frutas. 

La fascinación me bañaba, y entonces apareciste tú, con esa sonrisa inocente y sensual, con la intención misma de robarme aquel fruto sexual. Llegaste y con la decisión que no podría haber previsto acercaste tu brazo a aquella tarta, tus movimientos lentes se iban directo a mis pupilas y de ellas a mi estómago, donde dicen reinan las emociones. Sentía nacer una excitación aún mayor, sentía que algo dentro de mi estallaría si no hacía  mía aquella cereza, si no lograba detener tu misión, pero por un fragmento de segundo tus movimientos pasaron a ser rápidos y entonces la cogiste, sujetaste el rabillo ejerciendo presión entre tu dedo medio y el pulgar, el rabo de aquella galaxia rojiza moría entre la fuerza delicada de aquellos dedos. Entonces me viste.

Notaste como mis ojos estaban clavados ante esa escena microscópica, en aquel cuadro en el que una batalla sorda se llevaba  acabo entre la cereza y tus dedos, me viste anonada y podría jurar que la excitación, que  para ese entonces recorría mi cuerpo entero, emanaba de mis ojos cuál fuego. Tal vez fueron aquellas mejillas mías que se tornaban del mismo rojo intenso de aquella cereza las que hicieron animarte a hacerme la invitación, esa invitación que me excitaba aún más, haciendo descender los mares de mis entrañas, mojando el cachetero que aquella tarde de sábado había elegido utilizar. 

Me miraste directo a los ojos para romper mi embeleso hacia el fruto en almíbar. Me sonreíste con la intención inocente y sexual que un hombre como tú podría emitir, entre tímida e incitante, a medio diente pelón y con labios que morían en una comisura casi perfecta; me invitaste con un ven, que sólo pude leer en tus labios una vez muerta tu sonrisa. No había ruido, pues la pasión había enmudecido todo al rededor, para poder acrecentar mis latidos, el único sonido que importaba, el de la pasión, el de la excitación.

Acepté tu invitación y me acerqué, sin pensar ni un instante, como robot prediseñado a cumplir las ordenes de sonrisas como las tuyas, y allí estaba, apartándome de la tarta para chocar casi frente a tu pecho, para verte con esa mirada de hombre feroz. Me tomaste de la mano y me apartaste de la fiesta, me llevaste a un salón lejano, lejos del bullicio que sólo tú podías escuchar, puesto que apenas estabas siendo víctima de la excitación que a mi hacía ya minutos atrás me había aprisionado.

Cuando llegamos a la pieza, elevaste tu mano y allí estaba mi manjar deseado, la cereza, inerte entre tus dedos medio y pulgar, más bajos que los otros tres restantes; la elevaste aún más, más allá de mi boca, exhortándome a doblar la cabeza para atrás, dejando vulnerable mi cuello blanco y decorado por un par de lunares. 

La excitación volvió a bajar mis mares internos y una nueva ola salía mojando aún más mi prenda íntima. Bajaste de a poco la mano, tan lento para hacer crecer aún más mi deseo por aquella cereza culpable de este nuevo juego siniestro que apenas empezaba entre ambos, entonces la sentí en mi lengua, el pequeño fruto rojo medio húmedo por el almíbar tocaba sutilmente mi lengua, encendiendo mis papilas gustativas y un poco más. Cerré la boca para romper aquella delicia de su tronco, mientras tú tomabas con una mano mi glúteo, apretando y arrojándome a tus brazos.

Quitaste tu mano de la altura y mientras sentía la pequeña fruta roja morir entre mis dientes, besaste mi cuello, uniendo con tus labios los lunares pequeños que allí viven, sin soltar mis nalgas, sin apartarme de tu pecho encendido. 

La cereza bajo por mi garganta, y al sentir aquel moviente, con la experiencia que pensé no tendrías, dejaste caer el rabo de la cereza en el piso de aquel salón que era testigo del encuentro, y con esa misma mano tomaste mi cabeza y sin más, clavaste tu lengua en mi boca, tus labios expertos encendieron lo que aquella cereza había comenzado. 

Sentía crecer algo más que la propia excitación. Sentía cómo mis labios eran para ti lo que aquella cereza lo fue para mi. 
Mi  roja y palpitante legua estimulaban tu deseo como aquella fruta roja había hecho conmigo.
La excitación no paró, no cedió, y entonces tocaron a la puerta y nos movimos al armario, y entonces nadie entra, pero nadie sale del armario. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

La grieta del siglo XXI

A estas alturas de la vida. uno ya anda simple y sin complicarse en cuestiones del corazón, porque uno ya apostó las habichuelas y se quedó sin ellas; mejor hubiera sido tirarlas, tal vez hubiese sido productivo y ahora fuera una especie de Jack. Porque bueno, de nada sirvió amar, más que sumarse a la lista de todos aquellos que siempre han pensado que no vale la pena apostar por los sentimientos.

Y nos los culpo, estamos en pleno siglo XXI y hay más cosas interesantes que hacer que ponerse de sentimentales y andar por el mundo sin un escudo, vulnerable ante todo. Mejor me pongo a andar en bici y a chiflarse a las mujeres que encuentre atractivas, las miraré y sólo eso haré, ya no las abordaré más, ya no preguntaré números telefónicos con la esperanza de encontrar a mi alma gemela, porque no tiene caso gastar en eso las habas que guardé para seguir en el juego de la vida, mejor las apuesto por mi mismo, como dicta el canón de este siglo, porque aunque muchos modernos vayan por el mundo con el estandarte de que estamos en una nueva era de cambios a autorealizarse en lo espirirual, lo cierto es que aún le rezamos a Dios dinero, aún vamos con miras a la realización laboral por el mejor puesto, porque no hay más.

Soy un hombre de 30 años que vive solo con su perro Pedro, y creo que él ha sido el único ser vivo en mucho tiempo del que podría estar seguro que emana el más puro y sincero sentimiento del amor. Ese pitbull me ama, y lo cierto es que yo a él, hasta creo que come mejor que yo, el condenado. Ya intenté darle compañía nueva a Pedro, pero la mujer salió corriendo cuando le dije que la amaba, que si íbamos en serio, a pesar de llevar ya más de 5 meses de relación, la cuál, creo que ella no había entendido, ahora que lo pienso, tal vez el error fue que ella nunca estableció bien que es lo que quería de mi, era la chica con el pensamiento pragmático del siglo XXI

Entiendo perfecto que la culpa no es del siglo en si, sino del ideal, de lo que hemos decidido creer de él. No culpo totalmente a mi generación ni a las venideras, tampoco la culpo a ella, la culpa es mía por salir de la recta vacua del sin sentimiento y querer agarrar la curva de lo emocional. 
Soy culpable por haber amado, lo acepto, pero si ahora he decidido erradicar de mi todo sentimiento, culpo parcialmente a esta sociedad infantil e irresponsable, porque han adoctrinado a mi generación a ir a un ritmo acelerado, un "tanto tengo tanto soy", que ahora el autoconocimiento, que incluye lo emocional parece en gran medida algo superfluo en las vidas.

Mejor me quedo sentado observando las pocas parejas que luchan en pro de una madurez emocional, mejor ser espectador que un participante herido. Porque no estamos preparados para tal misión, porque somos unos simples.

Declaro que desde este momento, yo, Diego Saldaña, a mis 30 años de edad, en pleno uso de mis facultades mentales, iré a un ritmo hiperacelerado, no apostaré por los sentimientos y sólo viviré de noche en noche, de cama vacía y mañana fría.

Ya lo dijo A. R. Orange «El amor consciente engendra amor consciente. Es raro entre los seremos humanos por varias razones, entre ellas, porque la gran mayoría son niños que quieren ser amados pero no amar.»

lunes, 25 de julio de 2016

Vale más una verdad brutal.

Lo cierto es que el pasado siempre tiene que quedar en el pasado, no remover las aguas turbias de un amor ya caducado, podrido y lleno de huecos. Pero también es verdad sabida que a los viejos amantes, a los melancólicos por convicción nos gusta regresar al lugar del desastre, al sitio en donde todo empezó y en donde todo termino. 

A nosotros, los melancólicos nos gusta batir el pasado para tocar la llaga del desamor. Entonces, como insecto a la luz vamos cegados hacia una respuesta que tal vez no debió llegar. Allí estamos cara cara con lo estropeado meses atrás, intentado dar solución a interrogantes que si las miras desde un futuro mejor, son preguntas tontas que sólo dañarán el alma, pero ya nada importa, porque ya estamos en el fango de nuestra propia desdicha, y de allí sólo se sale con la verdad.

Y entonces ocurre lo que jamás debe ocurrir, nos dan una  mentira piadosa para no hacernos sufrir, dicen ellos, los amores decadentes, que son mentiras para ayudarnos a salir del pozo que cavamos los melancólicos, pero la realidad es que no hay peor cosa que la mentira emitida por un viejo compañero de camino. 

La verdad siempre será lo mejor, aunque duela, porque en lugar de seguir enterrando la estaca de la traición en lo más profundo del corazón, nos ayudará a sacarla, a encontrar la paz y empezar de nuevo, porque vale más una verdad dolorosa que ayude a cicatrizar, vale más esa verdad cruel que una mentira que nos estará regalando el peor obsequio, ese que no debería existir, una patraña que nos da la vaga y lastimosa ilusión de que tal vez, sólo tal vez algún día se podría regresar al pasado, ser como en el pasado, cuando lo cierto es que para atrás ni siquiera para tomar impulso. 

Los melancólicos por convicción escribimos, lloramos, leemos y de cuando en cuando gritamos y rayamos la madre, porque también el dolor nos ayuda a entender que hay viejos amores que siempre tienen que quedar allí, porque son malos, funestos y si seguimos regresando a ese pasado nos arrastrarán a un cauce de aguas violentas, en donde los amores tóxicos se sienten cómodos, entre rocas y corrientes inestables, como sus propios corazones.

Así que con la fuerza que me queda, con todo ese coraje que me ha regalado tu intermitencia insoportable, desde aquí, esta melancólica por convicción habla en nombre de todos esos corazones que los han desquebrajado, todos esos melancólicos pisoteados por las mentiras del ayer;  hoy les digo a esos mentirosos cobardes: IROS A LA MIERDA. 



jueves, 26 de mayo de 2016

La tarde en que mi Moleskine secó mis lágrimas

Siento como el sudor recorre cada parte de mi cuerpo, lo siento nacer y morir como las lágrimas esta tarde infernal de Mayo. Mis ojos son dos presas que  liberan una inmensa cantidad de agua salada que pega mis pestañas maquilladas con un rimel que supuestamente era a prueba de agua. 

El calor de mi cuerpo aumenta con el desconsuelo, es tan incómoda esta sensación que decido dejar el llanto de lado para poder escapar de este lugar, de esta habitación que hoy la siento más como una prisión que como un refugio. 
Me dirijo al baño y me lavo la cara, siento la sensación fresca del agua del grifo tocar mi piel, siento como poco a poco cae el maquillaje para yacer en el desagüe, es tan purificante la sensación de mis pestañas livianas, sin el peso del rimel mezclado con las lágrimas. 

Cojo de la mesa de centro las llaves del auto. Salgo de mi casa con mi moleskine en mano, mi bolígrafo ultrafino y mi pequeño monedero rojo.  Quiero azotar la puerta, pero, ¿qué culpa tiene ella de esta sensación que me ahoga? ninguna. Subo al auto y lo pongo en marcha. Aumento el volumen del estéreo y la música apachurra cada vez más mi corazón. 

¿A cuál lugar se va cuando uno se siente así? Manejo, sólo manejo, entro a aquella plaza comercial y estaciono el auto. Me bajo con mi pequeño arsenal de cosas y me dirijo al local A-07. Entro en la pequeña cafetería y voy directo al mostrador: Un latte macchiato con extra de café. Me siento. Quiero seguir llorando pero estar en un lugar público me detiene, es lo que buscaba, dejar de llorar antes de que mi alma se secara por completo, antes de que aumentara el hueco de alma que él se había robado meses, muchos meses atrás. 

Doy un pequeño sorbo a mi café y abro mi moleskine en una página en blanco -desde pequeña amé escribir en hojas blancas- y comienzo a narrar la historia de los dos. Intento no llorar, pero las lágrimas pérfidas sucumben al dolor, se doblegan y emanan de mis ojos. Evito que rueden más allá de mis mejillas, tal vez lo que debí haber evitado con él, que no bajara más allá de mis mejillas, que no doliera en el corazón. 


Un puñado de páginas me sirven para narrar la noche en que lo conocí, nuestra segunda cita, nuestro primer baile. Los besos, las caricias, sus secretos que me duelen guardar -porque ahora sé que lo conozco tan bien que nadie podría superar eso-. La primera vez que sentí celos en toda mi vida, la vez en que me dijo te quiero, nuestro beso de despedida, el dolor en el pecho, el silencio, la ausencia y su regreso....Su insistencia, su forma de conquistarme nuevamente, su mano en mi mano como un gesto de "no me dejes", mi amor por él, mis ojos nuevamente enamorados, su mirada embelesada y  perdida en mis ojos, en mi rostro, su forma de besarme, mi forma de hablarle. 


En la libreta de pasta de negra cupo también aquella bella noche de viernes en que me abrió su corazón completamente, en la que me habló de la forma más sincera después de su regreso, después de la segunda oportunidad que le di. La emoción en sus palabras y sus actos, la manera en que me envolvió en ellos, la forma en que él me contagió  de entusiasmo acerca de esta nueva etapa que los dos viviríamos. 


Escribí sin parar, ignorando por completo mi latte macchiato con extra de café, sin darme cuenta que poco a poco la nata quedaba allí y la espuma desaparecía. Escribí de su nuevo adiós, de su necesidad de superar el pasado para que no siga jodiendo su presente, de su esperanzador futuro conmigo si es que todo salía bien.

Mi moleskine fue la primera en saber que yo lo entendía, que en verdad podía entender que necesitaba sanar y arrancar esos miedos y esas ataduras del pasado, que sabía perfectamente que si lo hacía era porque en esencia no es malo, pero todo ese rencor y todo ese temor, le hacían a veces actuar con malicia pueril, salvaguardando su corazón, pero destruyendo el ajeno. Mi moleskine bañada en la tinta de mi pluma ultrafina guarda eso, eso que probablemente no me atreva a decirle jamás, porque sin duda, por más que entienda, esto que me hace me duele, me lastima y me rompe. Y eso, eso no se perdona fácilmente. 

Cierro la moleskine  y tapo mi bolígrafo con la esperanza de que no me vuelva a buscar -o por lo menos es mi deseo actual, tal vez sea el arrebato del momento-, porque mi corazón roto no sé cuánto más pueda resistir, que si de por si la ausencia duele, nada mata más que la intermitencia. 


Seco aquella lágrima estólida que traicionera sale de lo más profundo de mi dolor, levanto la mirada y puedo ver a un sujeto mirando anonadado, fascinado, perdido completamente en mis manos y la moleskine. Me sonríe. Le regreso el gesto.
Cambio la mirada de dirección y veo aquel librero de pequeños huecos romboidales guardando un puñado de libros por descubrir, y miro más allá, por la ventana, la ciudad, el ocaso, y entonces entiendo que tengo el mundo para mi, que aunque hoy esté desecha, mañana todo estará bien. 


Salgo de la cafetería, me subo al auto y comienzo a manejar sin rumbo, con la ilusión de irme lejos, muy lejos de todo, tan lejos de él.

El grafógrafo [Salvador Elizondo]

"Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo."

El grafógrafo.

Salvador Elizondo.