viernes, 14 de julio de 2023

Variación en mis neurotrasmisores.

Estoy asustada...el terror nace nuevamente desde las entrañas de mi ser. No quiero caer en ese pozo sin fin donde la única salida que logras ver es el final de tu propia existencia. 

Esta primer mitad del año ha sido un poco mierda, por ser positiva y no decir que ha sido todo un desastre. Febrero llegó con huracanes implacables. Para mantenerme "cuerda" mis neurotransmisores hicieron clic nuevamente y me llevaron a ese estado que tanto he extrañado, donde el poder y la confianza es todo lo que emana tu ser, cuando por fin te sientes que puedes contra todo y contra el tiempo, no hay días que desperdiciar ni proyectos que abandonar, vives haciendo lo mejor de ti, dándolo todo, porque el mundo te queda pequeño, por fin sientes la sonrisa y la diversión que envuelve todo y nada malo pasa. Pero de pronto, cuando estás en la cima del huracán y el viento cesa, comienzas a caer, y caer, y caer. Tocas piso desde lo más alto, la caída siempre duele, te quiebra, y sientes como a poco a poco cada una de tus extremidades se aflojan, se van separando de tu cuerpo y ya no eres un conjunto, hay pedazos de ti por todo el suelo, y quieres armar tu rompecabezas, lloras en la oscuridad de tu habitación creyendo que las lágrimas serán pegamento e imán y que de apoco te irás reconstruyendo nuevamente, y que un día lograrás ver de nuevo ese huracán que tan bien se siente estar en él. Pero hay veces que no llega, que pegarte los pedazos de ti no ha resultado, y lo único que tienes es la sonrisa fingida para los que te aman, para darles la tranquilidad de que tú estás en calma, que el viento no te doblegó. Porque ellos nunca se dieron cuenta que estuviste elevada, porque en ese estado todos se encuentran sorprendidos pero agradecidos de ver que eres nuevamente "tú", esa mujer implacable que podía lograr todo aquello que se proponía, ven la energía y la confianza y se alegran ante ella, pero tampoco han visto la caída, porque sólo tú la sentiste, la viviste, y no quieres preocuparles. Lo único que está en tu mente es darles paz a ellos, dejarles vivir sin preocupación, sin miedo a las navajas, a las pastillas o a las cuerdas. Porque en lo único que piensas es que no quieres volver a ser una carga, carga emocional, física y económica. Intentas levantarte todos los días con las pocas ganas que te quedan para darte fuerza y asegurarte a ti misma que esto se irá pronto, que la vida continuará y que pronto llegará el viento, ese viento que te eleva al infinito, donde todo es posible, donde vuelves a ser "ella", la mujer que tuvo éxitos, seguridad, coqueteo, independencia, ser la hija perfecta, la hermana perfecta, la pareja perfecta que él siempre soñó y que por un instante la tuvo. Tuvo la dicha de sentirla y vivirla, de verla crecer y sentirse orgulloso de ella, de ser la pareja de ella. Así que cada día, con las pocas fuerzas que te quedan lo intentas, lo intentas y lo vuelves a intentar, hasta que un día todo tu cuerpo se desprende por completo, la sonrisa fingida comienza a desvanecerse y la piel se empalidece y la ansiedad va reinando y las crisis aumentan y son cada más implacables, te das cuentas de que ya no puedes, que necesitas ayuda, que te da miedo entrar en la oscuridad perpetua y no alcanzar a ver nada de luz, y allí, cuando la desesperanza te dobla, es justamente allí donde comienzan a ver que a has caído, nuevamente, y que comenzará la batalla contra las tinieblas, y el miedo ahora comienza a apoderarse de ellos, la intranquilidad de dejarte sola no los deja dormir noches completas, tus desvelos son sus desvelos, tu cansancio ahora también es cansancio de ellos, tu impotencia se impregna en ellos, y ahora tú ves el huracán que comienza a gestarse en ellos, la necesidad de ayudar y no saber como, porque ni tú misma lo sabes, porque por más que avanzas en el camino, la recta no se ve, y el camino sigue siendo sinuoso, empinado y con cuestas, curvas que parecen que regresan al camino, hay deslaves y piedras que impiden el andar. Ya no sabes cuál camino tomar, y ellos tampoco, y ves con rabia, enojo hacia ti misma,  el verlos llorar, sufrir, sentir su impotencia y desesperación, el preguntarse "¿por qué?", el no entender que es lo que pasó nuevamente, la frustración de verte así a pesar de los años que llevas con medicación, con ayuda psicológica, porque creen que el encierro en la clínica no te dejó aprendizaje, y en ellos retumban las ideas de que tal vez no has dado todo de ti, no has querido progresar, que te has pausado y no quieres avanzar, pero es que ellos tampoco entienden tu frustración, el dolor de saber que a pesar de los años no has logrado encontrar la fórmula que te mantenga en pie, sana y fuerte, que te haga regresar a esos años donde todos estaban orgullosos de ti, y que incluso tú misma lo estabas, que no ha llegado la línea recta de las emociones, que a pesar de tantos, y a decir verdad, tan pocos años, no se logra salir de esos caminos llenos de baches, donde una temporada te encuentras navegando en una balsa y que de pronto se comienza a hundir, y vas viendo la profundidad del mar, el misterio de su oscuridad y que de pronto, esa balsa comienza a emerger y se vuelve un proyectil lanzado al firmamento, y ves como todo mejora y ves las alturas y te sientes que por un momento ha llegado, que es el día en que todo se reconstruiría nuevamente y por fin tocarás el sol, pero tocar el sol tiene su precio, al llegar a él y darte cuenta que quema, tu cuerpo se impulsa al vacío, y cae, y cuan alta es la subida, tan brutal es la caída. 

Así estamos hoy, luchado contra la depresión bipolar resistente, quizá en poco tiempo estaré en un sofá sedada por un líquido que me han prometido me hará mejorar, por tiempos, o quizá, tal vez algún día, estaré recostada en una mesa, sedada con electrodos en mi cerebro recibiendo descargas eléctricas. 

Hoy, sólo estoy segura de algo: tengo miedo.

domingo, 11 de diciembre de 2022

Disipar nubes sombrías del pensamiento.

 Existen pequeños hechos o sucesos que suelen marcar la vida.

En ocasiones uno siente miedo de si mismo y eso paraliza, estanca y hasta hiere no sólo el corazón propio sino también el ajeno. Afrontar demonios (muchas veces inventados por la misma cabeza, diría que casi todas) nos engendra incógnitas y escenarios catastróficos que pueden llegar a ser punzantes en la cabeza, suelen generarse cuando uno menos lo espera, con tan solo un pequeño viraje en el timón, todo tipo de catástrofes se comienzan a gestar en las ideas, sobre todo, en las de los que solemos escribir (nos encanta crear historias).

Cuando uno se imagina una puesta en escena diferente a la que se estaba (o debería estar) sucintando, los pensamientos negativos vuelan, laceran el alma y se instalan dentro, tan dentro, que con tan solo un par de minutos comienzan a generar moho y toxinas dentro de uno. A raíz de eso el temor comienza a entumecer, y es allí cuando se rompe el trayecto, se destroza en pequeños pedazos que al intentar recomponerlo no solo cuesta trabajo, sino que también, en muchas ocasiones, se ensamblan de manera dispareja, haciendo que el camino tome otro rumbo. 

Muchas veces el miedo recae en los propios sucesos buenos. En ocasiones es tan hermoso algo que eso asusta, da temor que se pueda fracturar y -paradójicamente- al crear esos pensamientos dudosos y temerosos de la bondad de lo que se está viviendo, funestamente, aquello se vence.

Ahora, mientras escribo esto, pienso en el pánico que sentí, en lo terrorífico que me fue el pensar que esa especia de historia donde lo virtuoso que he mantenido en estos años se iba, se agotaba y sin poder hacer nada -quizá sí lo podía- todo se nublaba, una tormenta se acercaba y advertía que esa aventura buena se iría pronto por el desagüe.
Cuando eso sucedió, el pensamiento negativo hiperacelerado llegó, se instaló como el cliente frecuente, y sin pensar las cosas (como suele suceder en esos casos) solo pude arrojar fuera de mí, en forma de palabras, lo que yo creía sería la "solución" para escapar de esa sensación de sombrío; y entonces fue como si hubiera sujetado un cristal y sin darme cuenta dejarlo caer. Así fue como resquebraje esa historia afable. Que necia, que simple fui.
Desde ese instante cogí ese cristal, lo he sostenido entre mis manos, pegándolo al pecho para pedirle perdón, para no dejarlo caer nuevamente. 

Sé que debo dejar atrás el crear acontecimientos desfavorables y que tengo que dedicarme a trabajar en creer en lo benévolo de la vida.Y eso hago.

Ya lo decía el poeta Rilke: "He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado todo la noche y he escrito."
Hoy hice eso.







miércoles, 8 de junio de 2022

Viajar al cielo.

 Les contaré un pequeño secreto, cuando me siento un poco triste me gusta meter mi pequeño cuerpo bajo las camas de mi casa. A veces lo hago en la mía o en la de mis padres, pero me gusta más la mía, tiene el tamaño justo para poder sentirme cómodo.

Cuando estoy bajo las tablas me imagino que así se veía mi abuelo en esa caja de madera que vi cuando mamá me dijo que él ya estaba en el cielo. Me imagino que soy él, que estoy por viajar al cielo y que allí ese huequito que siento en el pecho desaparecerá, entonces, cuando ya me siento más tranquilo, así como liviano, me pongo a llorar porque solo así me siento mejor. Es curioso, como si a través de las lágrimas mi soledad se sintiera menos.

Últimamente me ha dado por meterme bajo la cama con un lápiz y con él, tras haber llorado, escribo en la madera una especia de carta a mis padres. No escribo mucho, solo les pongo que no me siento bien, que me gustaría estar con mi abuelo y al final les digo "adiós". Cuando suelto el lápiz cierro los ojos y me quedo quieto por mucho tiempo. Esa sensación me gusta porque es como si no estuviera y como si nada malo pudiera pasarme.

El otro día mamá me vio salir de debajo de su cama y me preguntó que qué hacía allí, le dije que estaba jugando a ser mi abuelo y que quería irme al cielo porque no me siento bien. No entiendo porqué, pero ella me abrazo casi como si fuera a romperme y lloró mucho. Creo que piensa que lo que hago es malo, pero no sé porque no me entiende y me deja seguir jugando a viajar al cielo.

lunes, 4 de abril de 2022

Días duales

 Ves como se desmorona el castillo de naipes, mi castillo. 

 A veces, los días son así, desde la dualidad las cosas son distintas, puedes vivir un día emocionante, pero de pronto algo puede hacer derramar el vaso que se ha estado llenando fuera de las crisis, y cuando eso sucede tu mundo se sacude, tu mente vuela como pluma al viento, sin destino, dejándose llevar, y eso no siempre es bueno. 

Los sentimientos se embarcan en un balsa de cristal, frágil, transparente; imposibles de ocultar. Cuando tocan puerto sientes como cada uno, de apoco, salen y se niebla la vista. Queman en las manos y la única salvación es soltarlos, dejar que se derramen y hundan tu cuerpo. A veces, los días son raros y difíciles, el estado melancólico se intensifica y tus piernas tiemblan, tú divagas, la pesadez se apodara de ti y sin darte cuenta el misterio de la vida y la muerte se devela ante tus ojos.

En esos días uno sueña con no estar enfermo.

El grafógrafo [Salvador Elizondo]

"Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo."

El grafógrafo.

Salvador Elizondo.